viernes, 6 de julio de 2012
La Muerte, la Doncella y Montalvo
domingo, 12 de febrero de 2012
Paseo matutino

Con sus abrigos pijos
Sus acentos pijos
Sus ojuelos pijos
Sus problemas pijos.
Hoy he visto
A los niños locos bajo el viento marítimo
Con sus patinetes locos
Sus voces locas
Sus madres locas
Sus impulsos de puro loco.
Hoy he visto también
Allí, sentado sobre mi bici
Al perro loco del apocalipsis
Con sus ojos blancos y su boca blanca de arena
Con la cabeza de un Buda redondo
Echándonos un pulso entre los chiringuitos.
Allí está todas las mañanas cuando me acerco
El viejo perro loco
Esperando indiferente
Con sus ojos blancos y su boca blanca de arena
Siempre me guiña un ojo
Pero nadie más lo ve.
lunes, 11 de abril de 2011
Un día en el conservatorio Vol. II - Parte 1

El manto de neblina se iba densificando conforme me acercaba al antiguo edificio en ruinas. En el suelo pisaba cada vez más escombros, señal inequívoca de que -si hubiera podido ver algo a más de quince centímetros de mi nariz- estaba por fin andando sobre los restos de la antigua ciudad del emperador. Llevaba más de cuatro meses luchando contra los elementos de la selva: dejando aparte la humedad casi constante al 99%, al principio del viaje hube de cruzar el pozo de arenas movedizas que delimitaba la frontera del país, luego vinieron las lianas de Warwick, el oráculo de Xoana la sacerdotisa oscura, el desfiladero de las serpientes, e incluso pernocté una noche en el poblado de los muertos y salí victorioso de un enfrentamiento a vida o muerte con Balahir -el gigante aparente-, como para ahora no poder contemplar el fin del camino.
Después de media hora, un zumbido de insectos celebró mi llegada a las puertas del Templo. El canto de los insectos parecía tener la propiedad de despejar parte de la niebla y ahora podía distinguir detalles del edificio. Era un enorme cubo de cemento agrietado y semiengullido por las lianas de la selva, las paredes parcheadas de líquenes chorreaban humedad y de entre las grietas de vez en cuando salía, nervioso, algún pequeño lagarto multicolor que engullía un insecto y volvía a desaparecer. La puerta principal tenía aspecto de llevar muchos años abierta, y sobre ella una inscripción en lengua muerta advertía al viajero -presumiblemente- de lo que podía encontrar al franquearla.
Comencé a subir los desgastados escalones de piedra que me llevarían al interior del edificio y cual no fue mi sorpresa al tropezar en ellos con una cantimplora de aluminio. Vacía y abollada, pero lo suficientemente brillante como para suponer que no llevaba allí demasiado tiempo. Probablemente una vez flanquease el umbral no estaría solo.
jueves, 10 de marzo de 2011
Desaparecer

A las tantas bajo cubierta, después de haberte escondido como una alimaña por los pasillos sórdidos de los traicioneros pingüinos de madera que escupían pelotas de fieltro hindú (durísimo) a velocidades supersónicas. Pasando la madrugada a la fuga con T.J. Lawrence conduciendo el camión robado de la cabina de cristal, el pelucas en chándal al lado y la zorra fina de turno recostada indolentemente en el asiento de atrás. Sin un duro en el bolsillo, sin ganas de seguir con esto ni un minuto más y observando el láser verde perderse muy alto en el cielo, reflejado en la parabólica. Una noche más apretándole las garras al demonio angustiado de las gotas grises, imaginando que la única guapa de verdad llevará ya tiempo dormida. Preparando a destiempo el siguiente combate en el vértice siniestro del alba. Harto de todo y de todos. Deseando desaparecer.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
El Testamento Político de Hitler

En el césped verde, el tábano rojo de anfetas estaba con Hitler
Hitler mientras chillaba (lo normal cuando te pica un tábano)
Aunque en verdad lo que deseaba era cagar
A su lado Himmler y Hess le abanicaban con sus pistolas
(para que se le pasase el dolor)
Hitler tenía la cabeza metida en una fuente gigantesca de patatas fritas
Las masticaba con fruición
“Después de probar estas patatas bien podría uno suicidarse” dijo el Führer
Pero en realidad lo único que hizo fue aplicarse más anfetas mediante el tábano
¿El tábano es un insecto o un bicho?-Se preguntaba Hitler
-¡Un insecto!-constestó Himmler
-¡Un bicho!-contestó Hess
-Desde luego un superhombre nazi no parece-concluyó Don Adolfo
El tábano tenía la esvástica impresa en el caparazón, nada parecía importarle
Pero dijo en voz baja: “Soy un supertábano nazi”
Mientras tanto Hitler defecaba a la vez que daba volteretas (con los pantalones puestos)
Pasado un rato dijo: “Ahora me siento mucho mejor”
El olor que despedía el Führer atrajo a muchos más tábanos, una familia entera
Todos comenzaron a picarle y Hitler no paró de temblar hasta el infarto
Rápidamente Himmler extrajo el músculo cardíaco, de esta forma seria evitado
“Ahora me siento mucho mejor” repitió Don Adolfo
Trocearon el corazón y se lo dieron a comer a los tábanos
Al olor de este alimento acudieron más, formaban ya un escuadrón
El enjambre formaba una cruz gamada en el cielo
Hitler hizo su saludo, que de inmediato le fue devuelto por todos los presentes
Incluso por los sucios tábanos
“Ahora me siento mucho mejor” continuaba diciendo
Estamos ya hartos de oír lo mismo, replicaron Himmler y Hess y comenzaron a disparar
(contra él)
Hitler explotó como consecuencia de los impactos de bala
Resulta que el gran dictador era simplemente un muñeco hinchable
(¡Lo que se hubieran ahorrado con desinflarlo a tiempo!)
Los tábanos de inmediato se lanzaron a por Himmler y Hess como represalia
Ellos habían abatido a su dios (todo el mundo sabe que Hitler es el dios de los tábanos)
Murieron rápidamente bajo el efecto de mil millones de picaduras (aguijonazos)
Cuando todo pasó, el verdadero Hitler salió de detrás de un paragüero
Rió por todo lo que había visto y marchó a su búnker a comer espaguetis
Allí le esperaban el verdadero Himmler y el verdadero Hess, que estaban estudiando
(la tabla periódica de los elementos)
¡Rubidio, Cesio, Francio!-exclamaban en voz alta
Tomaron el almuerzo y luego un café
Se lo habían pasado muy bien.
De La Profecía de Humwawa, 2004
jueves, 14 de octubre de 2010
Corpus Christi

Cuando llegaba el día del Corpus Christi todos los años, Rómulo siempre cerraba la herrería una hora antes para poder acudir a la celebración. Aunque no existiera en el calendario, en el pueblo todos sabrían cuándo había llegado el momento: nada más despuntar el alba todos los jueves de Corpus la plaza antigua amanecía cubierta por una espesa niebla azulina que bajaba de las montañas durante toda la noche y se iba deshilachando paulatinamente por las calles conforme avanzaba la mañana; dejando a su paso un inconfundible reguero de humedad y olor a lirios marchitos que asustaba a los niños y cuya forma de dispersarse durante las primera horas tras el alba era interpretada por las matriarcas para pronosticar la fortuna del año próximo.
Él y el resto de paisanos estaban ya apiñados en el anfiteatro de la plaza antigua antes de las doce, comiendo las habas crudas que para la ocasión se vendían en improvisados puestos callejeros mientras esperaban a que llegase la procesión y se produjera el milagro, y es que, si esta era la fiesta más importante en todo el calendario se debía a que era la única oportunidad de ver a Jesucristo que tenían labradores, barberos y mendicantes, amén de otras personas humildes, desde que en el siglo XI se apareciera el día de ánimas ante todo el pueblo durante la guerra de las tres naranjas para lanzarle a las tropas enemigas cochinos enfermos de rabia y porfiria.
Como cada año, a las doce los mozos ya habían despejado los restos de neblina azul a base de prender cartuchos de pólvora cuando los primeros miembros de la sacra comitiva comenzaron a hacer su entrada. El orden no había cambiado desde que pudiera recordarse: primero figuraba siempre la cofradía de hombres diminutos, ataviados con levita y monóculo y portando el estandarte negro que escuetamente anunciaba la procesión con la leyenda “Corpus Christi”, imbuidos de un aire tan ceremonioso que en muchas ocasiones llegaba a resultar ridículo. Detrás aparecía el desordenado cortejo fúnebre de los enmascarados, los arlequines y las plañideras de Momo, encargados de esparcir por las calles la ceniza de abedul que había quedado en los hogares tras el invierno. Tras ellos desfilaban los archimandritas barbados, que con sus báculos y medallones sólo rivalizaban en opulencia –aunque ciertamente no en seriedad- con el alegre cuerpo de pífanos del Rey, venidos desde la corte luciendo la librea verde de gala especialmente para la ocasión. Todas estas secciones pasaron ante los ojos de Rómulo antes de que la plaza comenzara a notar la sorda presencia de las matriarcas. Rodeando a la custodia a modo de guardia de honor, vestidas de luto y cubiertas por un velo translúcido de los pies a la cabeza, las matriarcas escoltaban a los dos animales que iban tirando del carro solemnemente: la yegua rellena de cera y la cebra artificial.
La custodia primitiva había sido destrozada durante la guerra por una bala de cañón que nadie pudo encontrar nunca y la actual la labró Zoilo el negro después del conflicto, repujando y dorando el metal de las corazas de cinco paladines hermanos que murieron defendiéndola ante el altar mayor de la iglesia. Desde que lo escuchó siendo un niño, Rómulo no había olvidado que las almas en pena de los caballeros habían quedado para siempre ligadas al acero y que ahora vigilarían la Sagrada Forma hasta el día en que el Juicio Final les relevase de su cometido.
Dedicado a la Bella Milita.
martes, 12 de octubre de 2010
Innecesario Nocturno

Copular con el agua gota a gota, penetrar en el rizoma
Copular de noche cerrada, lamiendo el óvalo opalino de la Luna...
Precipitar el fornicio de un millar de pájaros exóticos
Atomizar el orgasmo del silencio más sonoro
Violar el viento y eyacular las mareas, pintadas de acuarelas sepulcrales...
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Orugar el pináculo de todas las procesionarias
Horadar los pámpanos y las cepas de pálpito seguro
Galvanizar un horizonte de carne y de blancura...
Extasiar lentamente la colmena desde adentro
Perfundir tu cúpula, pálida entre el vértice y la espalda del ropero.
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Copular el añil y el dálmata argentino
Fornicar sin coartada incluso el aluminio más eléctrico
Copular de pura luz hasta con las farolas de la calle
y follarte a la vida misma, y también a las latas de Coca-Cola en el asfalto.